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11 de abril de 2009
Edmond Cros

Por una semiótica del blanco y de lo vacío

Por una semiótica del blanco

La sociocrítica se interesa más que todo por sacar a luz la manera como lo socioeconómico se incorpora en las estructuras textuales, afirmando sin embargo que esta incorporación no es directa ni automática, ya que cada uno de los dos niveles implicados (la infraestructura y la superestructura) tiene su historia y su ritmo propios. Dicha postura se fundamenta en la noción de formación social definida por Marx como constituida por la coexistencia de varios modos de producción (medieval, precapitalista, capitalista...). Esta noción puede parecer poco adaptada a la evolución de las sociedades modernas cuyos modos de producción tienden a organizarse de manera homogénea pero su interés no deja de ser evidente si consideramos que, en realidad, la especificidad de cada modo de producción remite a un tiempo histórico preciso, de manera que la noción de formación social puede ser re-definida por la co-existencia, en un momento determinado de la historia, de varios tiempos históricos. Debemos considerar sin embargo que estos distintos tiempos históricos están vinculados entre sí, constituyendo por lo tanto un sistema gobernado por la hegemonía de uno de sus elementos, en este caso el tiempo presente. Es este sistema el que genera la formación ideológica correspondiente. No se puede imaginar en efecto que cada uno de los diversos tiempos históricos implicados intervenga directamente en esta formación. La complejidad de este proceso se nos aparece más evidente si recordamos que este segundo sistema (formación ideológica) no se mueve forzosamente al compás del primero, sino con relación con su propia historia. Y lo mismo pasa en cuanto a las relaciones que se establecen entre lo ideológico y el nivel discursivo en que se plasma en última instancia el material socio-económico. Como se habrá observado, el proceso de incorporación de la historia implica unos mecanismos de mediación, de translado, de décrochements, de adaptación. Lo más notable, a primera vista, es que, de todas formas, pasando de un sistema (infraestructural) al segundo (ideológico) y, de éste, al tercero (discursivo), nos hemos movido sucesivamente en el contexto de tres ritmos distintos o sea que hemos cruzado por tres tiempos históricos que sólo parcialmente coinciden.

Ahora bien. Dentro de cada uno de estos tres niveles y entre el uno y el otro debemos imaginar unas series de instancias que se presentan ya sea como perfectamente adaptadas al tiempo hegemónico del presente, o al contrario como atrasadas o avanzadas. Citemos rapidamente algunos ejemplos. En el período postindustrial en que vivimos, el obrero que trabaja en una fábrica de automóbiles no vive exactamente en el tiempo histórico de la informática, en su espacio de trabajo por lo menos, y esta distancia es todavía más evidente y más importante si aludimos al campesino o al artesano. Dentro de un mismo campo de producción existen similares diferencias, por ejemplo entre, por una parte, el obrero que trabaja en una empresa poderosa de construcciones que emplea centenares de trabajadores así como materiales generalmente preconstruidos y, por otra, el abañil que trabaja por su cuenta, solo o bien ayudado por algunos pocos empleados; o entre el que pregona sus mercancías en las calles y el cajero que atiende a los clientes en un supermercado etc. Pero la totalidad histórica no deja nunca de moverse, atraída por la necesidad proclamada por todos los responsables políticos de todos los paises, de fomentar el crecimiento económico, cuyo estancamiento, cuando se produce, o parece estar para producirse, se denuncia como un acontecimiento grave y hasta peligroso para la economía asi afectada.
Cuando cuestionamos el mecanismo que gobierna este flujo ininterrumpido de la historia, observamos que es la existencia de estos multiples desfases la que impulsa su dinamismo, en la medida en que las instancias adaptadas al tiempo presente o avanzadas atraen siempre a las instancias atrasadas.
El plurisistema ( la totalidad de las tres formaciones) en efecto “se presenta en realidad como un dispositivo de producción que funciona movido por un régimen de desigualdad en el que los desequilibrios generan las mutaciones.” (Louis Althusser). Lo hueco, lo vacío, el desfase, la ausencia, se nos aparecen, por lo tanto, como abalizando un espacio de nociones que vale la pena explorar. El nivel discursivo que es el que nos interesa aquí se articula en efecto sobre esta dinámica y, a partir de este punto de vista, se nos aparece como el producto de una ausencia, lo cual implica que el tejido textual tenga huecos, blancos, lagunas, escorzos y que tengamos que leer los textos aplicándonos a descifrar aquello que están silenciando y no solamente lo que sí expresan. No se me escapa que es un objetivo que segui privilegiando en mis análisis anteriores pero creo que ya podemos sistematizar y teorizar de manera más general y más eficiente estos hipótesis generales, dentro del contexto que estoy elaborando del sujeto cultural.

Volvamos primero precisamente a esta noción. Repetí varias veces que se debía contemplar como un espacio complejo de sedimentaciones, pero quiero hacer énfasis ahora en el hecho de que cada una de estas sedimentaciones implica un tiempo histórico específico a nivel del mismo individuo . Claro que en un momento determinado de su existencia este sujeto pertenece simultáneamente a varios sujetos colectivos pero el proceso por el cual está pasando implica también, por una parte, que estos diversos sujetos, por estar articulados sobre la totalidad social, evolucionan al compas del plurisistema, y, por otra parte,que el mismo sujeto entra a participar en nuevos sujetos colectivos. Hay que añadir que cada modificación de una sedimentación produce una nueva configuración de la totalidad subjetiva. Dentro de la perspectiva que estamos manejando, estas sugerencias implican una serie de blancos que poceden de multiples horizontes.
Veamos lo que pasa a un nivel, de momento, puramente superficial. Un recuerdo de la infancia convoca en mi presente un pasado relacionado con determinados sujetos colectivos; un proyecto referido a un viaje o al desarrollo de una carrera futura convoca el porvenir; de tal modo que podemos considerar que el sujeto cultural funciona de manera similar en torno a la presencia simultánea de múltiples tiempos históricos.
El ultimo cuestionamiento que nos interesa ahora sería si existe entre ellos un elemento que, como es el caso en el flujo de la totalidad histórica, sería el vector dinamico del sistema.
Quizas el concepto del deseo (colectivo o individual) sea el elemento más apto a operar como puente y articulación entre el nivel de la totalidad histórica y el nivel del sujeto cultural propiamente dicho. En efecto, se puede considerar que la fuerza atractiva de una instancia avanzada depende directamente del deseo manipulado o espontáneo, consciente o no-conscientemente compartido, por los individuos de una colectividad que se mueve en una instancia retrasada y anhela superar sus condiciones socioeconómicas actuales y, como tales, frustrantes. El deseo, orientado hacia el pasado o hacia el porvenir, es también lo que no deja de gobernar la vivencia cotidiana a lo largo de la existencia. Pero el deseo es el índice de una ausencia, de una carencia, de un blanco: no se puede desear algo que se tiene; solo deseo algo que no tengo.
Esta observación se aplica a cualquier sujeto colectivo cuyo discurso, contemplado como práctica social específica, expresa, a nivel del no-consciente, el conjunto de sus frustraciones y de sus aspiraciones. De manera que la competencia discursiva del sujeto cultural que tengo definida como un mosaico de prácticas discursivas específicas ( o sociolectos) presenta un panorama exactamente similar al panorama que se nos ofrece cuando contemplamos el flujo de la totalidad histórica, o sea un panorama hecho con múltiples instancias interiorizadas separadas por blancos, los cuales remiten, por medio de las multiples representaciones del deseo, a una multiplicidad de carencias que podemos asimilar a otras tantas ausencias.

Pero la noción de sujeto cultural se nos presenta con dos dimensiones imbricadas la una en la otra. La primera se nos ofrece a la vista con tal que nos distanciemos de ella y se nos acerquemos a ella con un punto de vista crítica. De ésta acabamos de hablar.
La otra es la cara oculta que nos remite al sujeto del inconsciente. Esta ultima noción se debe explicitar ya que muchas veces se la maneja de manera errónea.
Jacques Lacan llama sujeto del inconsciente a una estructura organizada en torno a una cadena de significantes almacenados y vinculados entre sí por una relación de metonimia;.Estos significantes ya construidos (pasado) o por construir (futuro) repiten siempre un mensaje idéntico a pesar de su aparente diversidad o heterogeneidad. Cada uno remite a un momento distinto de la vida del individuo y por lo tanto se articula, digo yo, con la totalidad histórica. Esta cadena delega constantemente al margen del sistema uno de sus elementos que, de esta forma, funciona provisionalmente como su representante metafórico. El proceso opera como una especie de noria perpetua pero se notará que su dinamismo procede esencialmente del vacío dejado por el significante así delegado. Este significante así delegado es el síntoma que, procediendo del pasado del sujeto, surge en su presente y que podemos observar en su comportamiento, en su discurso o en el tejido textual. Este síntoma expresa un malestar que interpela al sujeto y que éste expresa con palabras o metáforas inesperadas en el contexto en que se producen; este malestar se manifiesta pues en el discurso bajo la forma de una desaveniencia o discordancia, fuera de cualquier intencionalidad o toma de conciencia. ¿Qué tipo de relacion podemos establecer entre el impacto del blanco en los niveles que estudiamos antes (totalidad historica y cara externa del sujeto cultural) y el mecanismo que gobierna el funcionamiento del sujeto del inconsciente?

Antes de tratar de contestar, no podemos dejar de mencionar la importancia que tiene el deseo o sea el concepto de carencia en las posturas freudiana o lacaniana, como elemento-clave de la argumentación. Recordemos que para Lacan el deseo corre a lo largo de la cadena de los significantes, desplazado y postergado del uno al otro y reactivado por la imposibilidad de quedarse satisfecho. Las observaciones hechas a principios de esta exposición nos llaman la atención sobre la presencia constante del vacío en la postura psicoanalítica, más especialmente en la fase básica que es el surgimiento del inconsciente, cuando, con el acceso al nivel simbólico, el signo se sustituye a lo vivido cuya realidad desaparece, se desvanece en la red semiótico-ideológica del sujeto cultural, quedandose el sujeto “verdadero” enajenado, ausente de sí mismo.
En la medida en que nos hemos adherido a las tesis lacanianas para definir lo que ahora llamo “la cara oscura” del sujeto cultural” éste es un dato que no podemos descartar de nuestro cuestionamiento.
La totalidad historica (expresion que hasta ahora, utilicé excluyendo al sujeto por motivos obviamente pedagogicos pero que en realidad lo incluye) saca pues su dinamismo en todos los niveles ya sea de la presencia de un desfase, el cual implica un hueco entre los elementos implicados- hueco que la fuerza atractiva va a llenar - ya sea, directamente, de la presencia de un silencio o de una carencia Estos huecos o estas carencias repercuten en el tejido textual bajo la forma de deconstrucciones, de rupturas discursivas, de desavenencias semióticas, de escorzos que pueden convocar tanto, directamente, el proceso del flujo de la historia como, dentro de este proceso, las problemáticas específicas del sujeto cultural.